sábado, 23 de febrero de 2013

florcitas de terciopelo

el otoño volvió agresivo a la ciudad y derramaba pasivamente la tristeza sobre la membrana de las terrazas. Tuve que salir temprano esa mañana, a las siete sonó el despertador, con ligereza me decidí a ponerme las medibachas que para mi disgusto eran demasiado finas y luego de un rato, improvisé un rodete para finalmente tomar el colectivo.

cuando llegué confirmé que la elección de medias debería haber sido otra, ¿por qué no usé las can can? ¿ por qué no tengo medibachas de lana?, las otras chicas iban mejor peinadas pero cargaban sus libros y no parecían nada cómodas, no me importó. Dieron las nueve veinte cuando terminé de subir las escaleras para acomodarme en mi pupitre cerca de la puerta, un compañero me hizo un ademán desde el fondo y le respondí con un meneo de cabeza, no sé hablar en las mañanas.


la clase empezó puntual y fue ahí que observé , los vi a todos con sus apuntes, cuadernos, ideas y hasta sueños entonces me maree mientras todo mi interior se precipitaba hacia la enorme cúpula del banco -¿alguien ahí estaría, también, precipitándose a mi clase?- todo pasó tan rápidamente como cuando muchas pastillitas frutales caen al piso, es que fue un susurro que retorció mi estómago obligándome a pararme frente a la clase...

ahí estaba inmovil mientras una de mis compañeras contaba su postura sobre la última poesía que habíamos leído, todos me miraron y no alcanzarían mil meneos de cabeza para responder a su única duda ¿qué hace parada?


-Me siento mal. Contesté. ¿Puedo retirarme?.


la profesora me miró compasiva, como si supiera, como si ella supiera que dentro mío todo estaba practicamente perdido, y me dijo que sí, que me fuera tranquila, que no llevara certificado, que ella entendía.

nunca nadie antes había entendido, entonces me abracé con el saco bordó de hilo grueso, apreté el bolso color infancia contra mi abdomen y bajé las escaleras pensando en él.



.que se tome la violación caprichosa de la ortografía como una cercanía.

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